El comisario Benavides le advirtió a Harold que de tanto andar entre poetas iba a terminar hablando como uno. Lamentablemente, la advertencia llegaba tarde, porque para ese entonces, Harold no solo hablaba como poeta sino que escribía en negro para El Tuerto Dávalos y también había tenido un affaire con una fotógrafa atormentada con tendencias suicidas cuya boca olía siempre a chiclets Adams de canela y a cigarros Belmont.